Asimilación: Un Final Extendido
Fanfic oneshot de Mansión Foster.
Escrito en 2023 por su servidor.
¡Disfruten!
El cielo era tan blanco como un lienzo vacío, sin nubes, ni sol. Kilómetros y kilómetros de sustancia multicolor cubrían el suelo al nivel de las rodillas. Un chico delgado, de pelo castaño, largo y enmarañado merodeaba alrededor del semi-viscoso océano multicolor, sin ningún rumbo aparente. Su piel ya de por sí bronceada se había oscurecido por la brillante luz de aquel inexistente sol y sus ojos estaban rojos y llorosos por la brillantez del lago.
Pudo recordar perfectamente el momento en el que su mundo se había borrado, el pequeño humanoide amarillo se había mudado a la enorme edificación victoriana que solía visitar por las tardes, justo después de haber presenciado otra rabieta de su primera y última creación. Habían pasado años y su cuerpo de joven adulto ya no encajaba en sus viejas vestimentas, vagaba semidesnudo en medio de una absoluta nada con estas mismas amarradas alrededor de su cintura, similar a un taparrabos. Nunca había pasado hambre, pues la sopa primordial en la que caminaba tenía los nutrientes necesarios para subsistir, bastaba solo con sumergirse en ella.
El mundo que alguna vez pensó que era real se había borrado y aquellas criaturas mágicas se habían vuelto aquella mezcla heterogénea de colores chillantes, incluyendo a su supuesto mejor amigo, no pudo evitar recordar con nostalgia a aquella masa de color azul, con un nombre ahora perdido en su subconsciente. La mayoría de la población natural de ese mundo había decidido perecer y asimilarse en el nuevo caldo primordial, y los que no quisieron someterse a tal asimilación, eventualmente habrían sucumbido a la desesperación, uniéndose en definitiva.
La señorita de pelo carmesí fue la primera persona que el chico vio perecer de esta forma, pues sin un mundo que explorar o un lugar al que poder escapar de su exhaustiva rutina, no sentía que hubiera una razón para seguir existiendo. Palabras que, tan pronto salieron de sus delgados labios, se desvanecieron junto con ella, no sin antes dar un beso en la frente a uno de los pocos varones humanos que la vió como una persona y no como un objeto de deseo o una sirvienta.
Aquel muchacho presenció la asimilación de todos sus seres queridos, imaginarios o no, su hermano mayor se resistió un tiempo, pero al ver a su madre desvanecerse en aquel extraño caldo, no pudo más y decidió acompañarla. Pasado un tiempo, sus vecinos alegres sucumbieron igual de rápido, nunca abandonando su alegría, incluso en el final de la existencia. Su otra vecina, la creadora del ente amarillento, sucumbió ante la tristeza de no tener a sus padres consigo, y mucho menos a su creación, tan joven y con una visión pesimista, se unió a los demás.
En cuanto a la niña parlanchina, no supo donde se pudo haber metido, siempre había tenido el hábito de aparecer y desaparecer de la nada misma, el cual, junto con su actitud usual, era causante de muchos sustos para los habitantes de la mansión. El chico asumió que también se unió a todos los demás. Haber caminado por tantos años y sin rumbo alguno le generó daños permanentes a su psique, a veces podía ver y oír a aquellas personas que estimaba tanto, solo para recordar que ya no estaban con él. Sentía que no podía más, ya lo había visto todo, y había aceptado que estaba solo en aquel vasto mar de neón.
Pudo haber acabado con todo y haberse unido a sus seres queridos, sin embargo, mientras se dejaba caer, pudo divisar algo a lo lejos, un cúmulo de un material negro, que destacaba en el cielo marfiloso. Esa vista le dio un pequeño susto, pero al mismo tiempo una pequeña esperanza, poder hablar con alguien por última vez, antes de terminar con todo. Torpe, pero rápido, recuperó su equilibrio y corrió, corrió lo más rápido que podía, considerando lo limitante que puede llegar a ser caminar con agua hasta las rodillas.
Mientras más se acercaba, más detalles podía divisar, el cúmulo negro era un gran cúmulo de pelo rizado, más enmarañado que el suyo. Estando lo suficientemente cerca de aquella misteriosa persona, no pudo evitar sorprenderse ante la revelación. Piel morena, contextura delgada, su rostro en un estado neutral casi permanente, como si estuviera perdida en sus propios pensamientos.
Era ella, la niña parlanchina... O bueno, la que era la niña parlanchina, el paso del tiempo no hacía excepciones, incluso en el fin del mundo. La mujer, sentada abrazando sus rodillas, estaba en un estado casi catatónico, su rostro exhibía bolsas marcadas en sus ojos y su enmarañado pelo cubría parte de su rostro.
El chico, preocupado, intentó llamar su atención de varias maneras, llamando su nombre, intentando taparle la vista, tocarla, pero era inútil. El hombre se rindió y simplemente decidió hablarle, no es que algo fuera a cambiar. Mientras recordaba con nostalgia su relación amistosa, el pelicastaño no se enteró de que la mujer que intentó despertar lo había volteado a ver.
Ella había despertado, con ojos llorosos, y lo primero que dijo al ver al chico a su lado fue:
¿Mac?
El joven volteó su mirada, la sorpresa en su rostro no duró mucho, pues tan pronto lo hizo, la mujer se abalanzó hacia él, con un abrazo fuerte y cálido, lo más fuerte que podía para el estado en el que se encontraba. Esto le hacía recordar al chico la vez que ambos se conocieron. Nada más importaba, se habían encontrado en ese vasto mar multicolor. Su asimilación, en comparación a las que ambos presenciaron con anterioridad, no fue dolorosa ni triste, sino tranquilizadora, habían encontrado la paz.
Al fin podían descansar.
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